Nací en Valencia entre pólvora y fuego una semana antes del comienzo de la primavera. Allí, mi abuela me contaba historias de la guerra, de mi abuelo y de su familia de Cuenca y otras como la de María Sarmiento, que me dejaba muy preocupada porque se había perdido...
En verano me iba al pueblo de mi padre en Albacete y allí mis abuelos y mis tías chismorreaban a la fresca historias de otros y yo escuchaba más tranquila (por lo menos nadie se perdía con el viento.).
Después me perdí en libros y palabras y empecé a contar en Murcia, donde viví tres años. Y desde entonces cuento a niños, jóvenes y adultos en bares, centros culturales, escuelas o en festivales. Ahora vivo en un lugar que dicen, tiene nombre de cuento, Peñaranda de Bracamonte (Salamanca). Desde allí voy donde me llaman a contar historias pasajeras, peregrinas, estrafalarias y andariegas. Historias que miran a los ojos y se meten en el cuerpo. De esas que conmueven, remueven y hacen disfrutar a quienes las escuchan.